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felicidades
Tu cuerpo lleva de serie la sabiduría que no han adquirido los arquitectos en milenios.
Vive permanentemente en la punta del compás más alejada de la aguja,
y evita los ángulos como los desentrenados dedos de los niños evitan la línea recta. Así,
estás llena de radios que miden (en sonido envolvente) una canción de cuna,
y de diámetros con la longitud exacta de aquí a la curva del horizonte.
Tu cuerpo selenita es el responsable de las mareas.
Sólo él cuando la rotación de la tierra lo acerca, se encarga de titirizar las olas hasta la espuma
con su alto porcentaje de insomnio, y su elevada combustibilidad,
y la capacidad de imantar por fricción cualquier tipo de material,
y la capacidad con la misma fricción de propagar necesariamente los incendios que terminan
en noches de apagones generales y un consumo de luz extraterrestre.
Sólo él, lunar, a punto de ser alejado de la tierra como las naves
que llevan a los astronautas de nuestros deseos,
puede ser enorme luna en forma de croissant
en la que jugar durante la siesta a sustituir mis sueños por otros más sabrosos.
Tu cuerpo-cuna que es cuerpo-tumba en el fondo del pasillo de la memoria
es un retrato de cuerpo entero de la felicidad.
Tu cuerpo, que no crece ya. Ni falta que hace. Has llegado a la edad perfecta.
Tu cuerpo de mujer, que da sentido a todos los anuncios de la televisión
con alto contenido en vitaminas para que las niñas crezcan hasta tus alturas.
Tu cuerpo de niña, que hace que las mujeres quieran perder la cuerda de sus relojes.
Tu cuerpo, al que sólo las puntillas separan de arañar las estrellas.
Tu cuerpo que encuentra en las etiquetas de la ropa la S de Super(wo)man, y
en la planta baja calza un siete de la suerte.
Tu cuerpo, la equis del tesoro en el mapa, a la vez tan brújula y a la vez
tan lleno de cruces sin señalizar tras los que perderse.
El único culpable del conflicto armado que tengo enredado en los sentidos.
Que si te beso cierro los ojos y tu boca a la vez y a la vez te pierdo de vista y de oído;
que si te miro, pierdo el gusto de besarte y tu olor en mi cuerpo;
que así desde hace todo el tiempo que recuerdo
soy incapaz de decidirme por una de las dos facciones.
Supongo que por eso paso tanto tiempo
mirándote a los ojos gemir desde el cruce de tus piernas.
Llamando a las puertas del cielo.
Tu cuerpo lleva de serie la sabiduría que no han adquirido los arquitectos en milenios.
Vive permanentemente en la punta del compás más alejada de la aguja,
y evita los ángulos como los desentrenados dedos de los niños evitan la línea recta. Así,
estás llena de radios que miden (en sonido envolvente) una canción de cuna,
y de diámetros con la longitud exacta de aquí a la curva del horizonte.
Tu cuerpo selenita es el responsable de las mareas.
Sólo él cuando la rotación de la tierra lo acerca, se encarga de titirizar las olas hasta la espuma
con su alto porcentaje de insomnio, y su elevada combustibilidad,
y la capacidad de imantar por fricción cualquier tipo de material,
y la capacidad con la misma fricción de propagar necesariamente los incendios que terminan
en noches de apagones generales y un consumo de luz extraterrestre.
Sólo él, lunar, a punto de ser alejado de la tierra como las naves
que llevan a los astronautas de nuestros deseos,
puede ser enorme luna en forma de croissant
en la que jugar durante la siesta a sustituir mis sueños por otros más sabrosos.
Tu cuerpo-cuna que es cuerpo-tumba en el fondo del pasillo de la memoria
es un retrato de cuerpo entero de la felicidad.
Tu cuerpo, que no crece ya. Ni falta que hace. Has llegado a la edad perfecta.
Tu cuerpo de mujer, que da sentido a todos los anuncios de la televisión
con alto contenido en vitaminas para que las niñas crezcan hasta tus alturas.
Tu cuerpo de niña, que hace que las mujeres quieran perder la cuerda de sus relojes.
Tu cuerpo, al que sólo las puntillas separan de arañar las estrellas.
Tu cuerpo que encuentra en las etiquetas de la ropa la S de Super(wo)man, y
en la planta baja calza un siete de la suerte.
Tu cuerpo, la equis del tesoro en el mapa, a la vez tan brújula y a la vez
tan lleno de cruces sin señalizar tras los que perderse.
El único culpable del conflicto armado que tengo enredado en los sentidos.
Que si te beso cierro los ojos y tu boca a la vez y a la vez te pierdo de vista y de oído;
que si te miro, pierdo el gusto de besarte y tu olor en mi cuerpo;
que así desde hace todo el tiempo que recuerdo
soy incapaz de decidirme por una de las dos facciones.
Supongo que por eso paso tanto tiempo
mirándote a los ojos gemir desde el cruce de tus piernas.
Llamando a las puertas del cielo.
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